En el año 1999 estuve de vacaciones en Europa. Visité entre otras ciudades, Granada y Barcelona; me gustó haber conocido las obras que marcaron los hitos de la pintura y descubrí otras facetas de los artistas que desconocía.
En el año 2000 fui a vivir a Barcelona porque me habían impactado las obras de Gaudí: La Pedrera, Casa Batlló y La Sagrada Familia; igualmente seguí conociendo lugares que me sorprendieron como Figueras y en concreto la casa-museo de Salvador Dalí.
Así fue que descubrí mi pasión por la pintura y comencé a pintar en el barrio de Mataró – Barcelona - en el año 2001, en un taller, donde aprendí a utilizar la pintura al óleo y a representar bodegones. En el año 2003 me mudé a Marbella y en el año 2008, cuando me estabilicé laboralmente, retomé la pintura en la casa taller de una ex profesora de la Escuela de Bellas Artes, y allí estuve alrededor de tres años trabajando siempre con óleo.
También realicé algunos cursos de grabado en el Museo del Grabado Pablo Picasso, donde aprendí técnicas de grabado como la punta seca y la xilografía.
En la primera época de mi obra me centré en crear ciertas metáforas a través de fotografías de paisajes que mostraban lugares recónditos y que hacían evidente la fragilidad del ser, la necesidad de escapar hacia la lontanza ante la incomprensión del mundo.
Ahora, luego de grandes cambios de vida tanto emocionales como geográficos, he estado trabajando de manera más intuitiva y por momentos arriesgada como en la producción de “El retablo de la Pachamama”, una instalación que evoca el dolor ante la mirada vacía del ser humano frente a los maltratos recibidos por la madre naturaleza, una lectura de articulación del hombre con el mundo.
Desde que comencé la Licenciatura en Artes Visuales, en Agosto de 2014, aprendí otras disciplinas como cerámica, escultura, digitalización de imágenes y grabado, pero definitivamente me gusta la pintura porque - en el caso de los paisajes - me da la posibilidad de viajar, de meterme en el mundo de las cosas; de apropiarme de los paisajes, los colores, las formas y hacerlos atemporales. Con las pinturas de peces puedo incursionar en un mundo que, por encontrarse sumergido, me lleva hacia el interior, hacia la más profunda introspección y me da la posibilidad de explorar lo insondable.
Las primeras pinturas que realicé entre 2008 y 2013, antes de ingresar a la UNA, fueron bodegones, peces y paisajes. En esa época pintaba para mí, cosas que me gustaban y por lo tanto me basaba en fotos. Por ello, respetaba tanto los colores, como el encuadre, la atmósfera y los detalles. Luego, para hacer más personal la pintura, decidí fotografiar lo que me interesaba pintar. A partir de entonces apliqué esa técnica para crear ciertas metáforas, por ejemplo apropiándome de la naturaleza a través de imágenes de lugares cargados de experiencias emocionales signifcativas, en la que cada foto actúa como un instante de un sueño alargado. Acatando la figuración, pero con la intención de plasmar la impresión del momento. Si bien en 2008 pinté la primera abstracción, no volví a pintar de manera abstracta hasta 2019, cuando estudié algunas técnicas, entre ellas el rayonismo y el orfismo. Utilicé la abstracción combinándola como un diálogo con formas orgánicas, como si se tratara de un collage, donde también inserté recortes de fotografiar tomadas por mí. Esto me llevó a ir desprendiéndome de lo tangible e incursionar más en lo afectivo y emocional. Recurriendo a la poesía surrealista, intento exteriorizar aquello que interiormente tiene un significado, pintando de manera intuitiva y simbólica. Actualmente estoy investigando sobre el simbolismo en la pintura, las características de la poesía surrealista y las temáticas de los objetos utilizados para ritos funerarios de las culturas del NOA, cargados de representaciones simbólicas.